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Los milagros más sorprendentes de Madrid

La Plaza Mayor de Madrid está de celebración. Desde hace 400 años es testigo del paso de tiempo siendo el centro de numerosas historias.

A lo largo de la historia, la villa madrileña ha sido testigo de numerosos milagros. ¿Conocías todos?

El Pozo de San Isidro

Es el milagro más famoso de todos los que realizó San Isidro. Todo ocurrió cuando el santo salvó a su hijo Illán de la muerte.

Mientras San Isidro trabajaba en el campo, Illán cayó en el interior de un pozo de gran profundidad. Él siguió ocupado en sus tareas sin percatarse de nada. Fue entonces cuando se encontró a su mujer, Santa María de la Cabeza, llorando desconsolada y lamentándose de la situación. Ante la desesperación, el matrimonio rezó junto al pozo y el milagro llegó cuando el nivel del agua comenzó a subir. De este modo, Illán salió y se reunió con sus padres.

Para visitar este pozo milagroso solamente basta con acudir de visita al Museo de los Orígenes o Museo de San Isidro en la plaza de San Andrés.

El milagro de San Pantaleón

En el Real Monasterio de la Encarnación de Madrid se encuentra una pequeña ampolla de cristal con la sangre de San Pantaleón. Lo que sucede entre los meses de mayo y julio es fascinante: la sangre va cambiando hasta llegar a finales de julio a ser más líquida. Este hecho coincide con la fecha del martirio de San Pantaleón y no existe una explicación científica que esclarezca los hechos.

La Cuesta de los Ciegos

En la calle Segovia de Madrid encontramos un lugar milagroso ocurrido en torno año 1214.

San Francisco de Asís regresó a la villa de Madrid tras realizar el Camino de Santiago. En su vuelta, decidió instalarse en donde hoy en día está el parque de Las Vistillas, un monte de gran vegetación lleno de madroños por aquel entonces. Fue allí donde construyo una cabaña que con el paso del tiempo se convirtió en la basílica de San Francisco El Grande.

Todo ocurrió cuando San Francisco entregó al prior de un convento una cesta de peces. En agradecimiento a su noble gesto, el santo recibió una ánfora de aceite.

Cuando se disponía a regresar a su humilde morada, pasó por la Cuesta de los Ciegos donde unos invidentes le pidieron un poco de ayuda en forma de limosna. San Francisco no tenía nada, salvo el aceite. Así que fue dado y el milagro sucedió cuando se frotaron los ojos con el aceite y comenzaron a ver. 

Un abrazo

María Jesús Cámara